Un estadio encendido y un partido que pedía magia
Montilivi vivió una tarde de esas que se sienten especiales desde el calentamiento. El Girona llegaba con la obligación de reencontrarse con su mejor versión y Osasuna aterrizaba con la idea de incomodar, competir y aprovechar cualquier resquicio. El choque prometía intensidad, pero nadie imaginaba que el desenlace llegaría envuelto en un gesto técnico tan exquisito como inesperado.
El partido comenzó con un ritmo alto, mucho duelo físico y una batalla táctica en la que ninguno de los dos equipos lograba imponerse con claridad. Osasuna trataba de estirarse por bandas, mientras el Girona buscaba acelerar cada recuperación para sorprender. El encuentro pedía un detalle, un destello, algo que rompiera la igualdad.
Vanat, el hombre del momento
Y ese detalle llegó justo antes del descanso. Una jugada rápida por la izquierda terminó en un centro tenso al corazón del área. Allí apareció Vladyslav Vanat, que no solo llegó antes que su marcador, sino que decidió resolver con un recurso de fantasía: un taconazo perfecto, preciso, elegante, imposible para el portero. Montilivi explotó. El gol no solo abría el marcador, sino que cambiaba por completo el estado emocional del partido.
Un Girona maduro, que sabe sufrir
La segunda parte fue un ejercicio de resistencia y madurez. Osasuna adelantó líneas, apretó, buscó centros laterales y obligó al Girona a defender con orden y concentración. Hubo momentos de tensión, especialmente tras una ocasión visitante que se estrelló en el larguero, pero el equipo catalán mantuvo la calma.
Incluso la expulsión en los minutos finales añadió dramatismo a un cierre que puso a prueba el carácter del equipo. Pero el Girona resistió, gestionó los tiempos y cerró un triunfo que dice mucho más que un simple 1–0. Dice que este equipo sabe competir, sabe sufrir y, sobre todo, sabe decidir partidos con talento cuando la ocasión lo exige.

